Un trabajo ¿sin casillero?

Hay trabajo que se mide por lo que paga. Y hay trabajo que solo se nota el día que falta.

Un trabajo ¿sin casillero?

En 2025 estudiamos el trabajo de un merendero comunitario de Villa Don Andrés, en Resistencia: algo que casi siempre se mira como un favor y casi nunca como un trabajo. Le preguntamos a una de las trabajadoras cómo funcionaba, y lo que sigue sale de sus respuestas.

En la cocina había un anafe a gas que nadie prendía: la garrafa salía más de lo que el merendero podía gastar. Cocinaban con leña. Tres ollas de cincuenta litros sobre el fogón. Los miércoles salían 170 porciones.

Ese día empezaban a las siete y media, yendo a buscar el pan. A las once las familias del barrio pasaban a retirar lo suyo. Los sábados arrancaban a las ocho, hacían tortas fritas, y después venían los títeres, las abuelas cuentacuentos, alguien que traía una guitarra.

Eran cuatro mujeres y hacía cinco años que no faltaban. Lo que sostenían no era una merienda: era una parte de la vida del barrio.

Qué estábamos mirando

Lo más fácil es llamarlo solidaridad y seguir de largo. Pero había horarios fijos. División de tareas. Gestión de proveedores, compras, donaciones conseguidas una por una. Decisiones que se tomaban entre todas y producción diaria para 170 personas.

Puesto en esos términos, la pregunta dejaba de ser si lo que hacían era admirable y pasaba a ser otra: ¿qué era, exactamente?

No es una pregunta retórica. Sin una categoría puede llegar ayuda —y les llegó, por un tiempo— pero llega como un favor: se da o se deja de dar, y no hay a quién reclamarle. Una categoría es otra cosa. Es lo que permite contar, presupuestar, proteger y convocar.

La casa, el fuego, las decisiones

Para responderla sin discutir intenciones hay un instrumento. Juan Grabois y Emilio Pérsico proponen mirar cuatro elementos concretos en cualquier unidad económica popular: el espacio, la rama de actividad, las relaciones laborales y la forma legal. Aplicados a lo que nos contaron, dieron esto.

El espacio era la casa de una de ellas, en un tramo del barrio sin circulación vehicular: solo se llegaba caminando. En 2020 había sido un rancho con un par de paredes de ladrillo y el resto de chapa, sin agua corriente adentro ni baño digno. Para 2025 era una casa de material, con galería y contrapiso, levantada con donaciones y materiales del instituto provincial de vivienda.

La rama era terciaria: servicios comunitarios, sociales y personales. Y acá está lo que más se malinterpreta. La actividad principal no era dar de comer. Era sostener un lugar de contención y juego en un barrio donde abundan la violencia familiar, el consumo problemático y la falta de escolarización. Iban entre 40 y 50 chicos, de 3 a 14 años. La merienda era un agregado, no la razón por la que iban.

Las relaciones laborales eran de cooperación: cuatro coordinaban y gestionaban, otras tres colaboraban, y lo que se decidía se decidía entre todas, de manera horizontal. "Todas hacen todo", nos dijeron: las tareas se repartían según el tiempo y los recursos que cada una tuviera esa semana.

Sobre la división por género el dato no admitía matices. Todas las tareas las hacían mujeres. Ocasionalmente, algún varón cortaba leña.

Con esos cuatro elementos el merendero entraba en una categoría precisa: una unidad económica popular y solidaria, de las que se llaman unidades de servicios comunitarios. Y quienes trabajaban ahí tenían también su nombre: trabajadoras socio-comunitarias.

Mucho más que una merienda

Si uno hace la lista de lo que pasaba en esa casa en una semana, el merendero se parece menos a un comedor y más a una pequeña institución del barrio.

Alimentaban. Los miércoles, desayuno para los chicos —mate cocido, leche, chocolatada, pan— y después comida para 150 a 170 personas, que las familias retiraban para llevar a sus casas. No comía solo el que iba: comía la familia entera.

Cuidaban y contenían. Escuchaban, acompañaban, sostenían a chicos que llegaban desde situaciones difíciles. Es el cuidado emocional que la CEPAL identifica en los comedores de todo el país y que no figura en ninguna planilla.

Educaban. Había libros para distintas edades, manuales escolares a disposición, ratos para dibujar y leer.

Hacían cultura. Títeres, música, baile, artistas plásticos, abuelas que leían cuentos. Fiestas patrias, Navidad y Año Nuevo celebrados con algo especial para compartir. En un barrio sin teatro ni centro cultural cerca, eso era el teatro y el centro cultural.

Promovían salud. Cepillado de dientes, higiene personal, control de salud.

Enseñaban a cuidar el lugar. Jardinería, reutilización de materiales, conocer y proteger la flora y la fauna autóctonas.

Vestían. Fuera de las jornadas, buscaban donaciones de ropa y zapatillas, las seleccionaban y las lavaban para entregarlas en buenas condiciones.

Y tejían red. Con el Banco de Alimentos, con el instituto provincial de vivienda, con la Municipalidad, con artistas, escuelas de danza, familiares y amigos. Cada recurso que llegaba a esa casa llegaba porque alguna de ellas lo había ido a buscar.

José Luis Coraggio tiene un nombre para esto: reproducción ampliada de la vida. No se trata solo de que la gente sobreviva, sino de que viva mejor: que tenga salud, educación, juego, comunidad. Eso es lo que producía el merendero. Y lo producía en un territorio donde ni el Estado ni el mercado llegaban a ofrecer esos servicios.

Hay algo más. Cocinar, cuidar, contener, lavar ropa: son las mismas tareas que históricamente se hicieron puertas adentro, en cada casa, y casi siempre por mujeres. Por eso se las mira como una extensión natural del hogar, como generosidad, como algo que se hace "por amor". El merendero las sacó a la calle y las volvió colectivas. Pero no les cambió la etiqueta: siguen sin contarse como trabajo.

El tercer turno

Ninguna vivía del merendero. Todas tenían otro empleo, que era su ingreso real: dos eran profesoras de danza, otra trabajaba en el sector público, y la que respondió nuestro cuestionario era abogada y además ejercía la docencia.

El merendero no era el trabajo de nadie. Era lo que hacían cuatro mujeres después de su empleo y de su casa.

"Algunas veces sí se superponen las actividades del merendero con actividades particulares, pero nos organizamos para cubrirlas igual. Siempre alguna de nosotras estuvo presente, desde febrero de 2020 en que comenzó a funcionar, con lluvia, con frío, con calles anegadas, yendo en auto, en micro, caminando, como sea, pero ahí estuvimos."

Cómo se sostiene

Con donaciones privadas: gente amiga, familiares, y con el tiempo el Banco de Alimentos. Con campañas en redes para conseguir mercadería, útiles, juguetes. Con un festival solidario en el Domo del Centenario, donde escuelas de danza pusieron el espectáculo a beneficio.

Del Estado, al momento de nuestro relevamiento, nada.

"Actualmente no tenemos ninguna colaboración estatal. Durante el 2021 y 2022 recibimos ayuda del IPDUV, que nos brindó materiales de construcción, y por parte de la Municipalidad de Resistencia hasta el 2023 tuvimos una cooperativa realizando el trabajo de albañilería en el lugar."

Cuando la ayuda llegaba, llegaba siempre con la misma forma. La CEPAL lo documentó para la Argentina: el financiamiento de los comedores se destina a insumos y equipamiento. Se paga la mercadería y se paga el ladrillo. El trabajo de sostenerlo no entra en ningún presupuesto, porque no está reconocido como tal.

No piden aplausos

Conviene no confundir reconocimiento con elogio. La literatura sobre el tema señala que las referentes de estos espacios no glorifican el trabajo gratuito y reclaman ser escuchadas para incidir en las políticas que se deciden sobre su barrio.

Ellas lo nombraban así:

"Lo entendemos como voluntariado. Ninguna recibe una paga por estas tareas, es todo de corazón y por amor."
"Nuestra paga es el amor que recibimos día a día, los abrazos de las infancias, las palabras de cariño. Eso nos llena el alma y nos hace sentir que tenemos que seguir para adelante, que falta mucho para hacer, y ese hacer es entre todos, porque nadie se salva solo."

Llamarlo voluntariado no significaba que no pidieran nada. Pedían. Y lo que pedían era llamativamente modesto.

Primero, gente:

"Hay veces en que sería bueno contar con algunas personas más para trabajar por separado con las madres o para brindar tareas de apoyo escolar."

No pedían un sueldo. Pedían manos, para dos tareas concretas que no se hacían porque no alcanzaban los brazos.

Y después, una obra:

"Todavía nos queda pendiente terminar la instalación de luz en toda la casa, y el revestimiento del baño y la cocina, contamos con los materiales, pero la mano de obra, que fue requerida a los organismos estatales, nos fue denegada."

Conviene leer esa frase despacio. Los materiales ya los tenían. Los habían juntado ellas. Lo que le pidieron al Estado fueron los días de trabajo de alguien que supiera colocarlos. No les respondieron con silencio: se lo denegaron.

Que no lo pidan no quiere decir que no corresponda

Hay que respetar la forma en que ellas nombran lo que hacen. Pero que una trabajadora no reclame derechos no significa que no los tenga. Lo que muestra este caso es un trabajo con horarios, tareas, responsabilidades y riesgos, sin ninguna de las protecciones que tiene cualquier otro trabajo.

Pensemos en lo concreto. Cocinan con fuego a leña y ollas de cincuenta litros: si una se lastima, no hay cobertura que responda. Si una se enferma, el merendero depende de que las otras puedan cubrirla. Las horas que ponen no suman para ninguna jubilación. Grabois y Pérsico describen así el trabajo en la economía popular: desprotegido, precario, y condenado a seguir siéndolo si las condiciones no cambian.

Reconocer este trabajo, entonces, es bastante más que agradecerlo. Requiere políticas públicas que, como mínimo:

  • Lo cuenten. Registros y estadísticas que incluyan a las trabajadoras socio-comunitarias como trabajadoras. Lo que no se mide no entra en ningún presupuesto.
  • Lo financien como trabajo, no solo como insumo. Que además de la mercadería y el ladrillo haya un ingreso para quienes cocinan, cuidan y gestionan.
  • Lo protejan. Cobertura ante accidentes, acceso a la salud y aportes que cuenten para la jubilación.
  • Lo acompañen. Formación, apoyo técnico y más personas para las tareas que hoy no se llegan a hacer, como el apoyo escolar o el trabajo con las madres.
  • Lo escuchen. Espacios reales de participación para que quienes sostienen el barrio puedan incidir en las decisiones que se toman sobre él.

Nada de esto busca quitarle sentido a lo que ellas hacen "de corazón". Al contrario: se trata de que ese compromiso no tenga que pagarse con el cuerpo, el tiempo y el bolsillo de cuatro mujeres.

Por qué importa el nombre

Es un reclamo de voz, y ahí la categoría deja de ser un asunto académico. A una vecina que colabora no se la convoca a discutir una política pública. A una trabajadora de un sector, sí.

El casillero existe: lo que hacían tiene nombre técnico, tiene categoría y tiene un lugar en la literatura sobre economía popular. Pero nombrar no es lo mismo que valorar, y valorar no es lo mismo que proteger. Hasta acá solo hubo lo primero.

Nosotros estudiamos un merendero. Lo que encontramos ahí —trabajo organizado, sostenido por mujeres, sin un presupuesto que lo contemple— es lo que la CEPAL viene documentando para todo el país. El día que estas mujeres no puedan seguir, no se va a cerrar solamente una cocina en Villa Don Andrés: se va a apagar un espacio que sostiene la vida de un barrio entero.

Darle valor a ese trabajo no es un gesto de cortesía con quienes lo hacen. Es la condición para que se lo cuente, se lo presupueste y se lo proteja con derechos, y para que dejen de ser a quienes se ayuda y pasen a ser con quienes se decide.

Sobre el estudio. Este artículo resume "Reconocimiento del rol de las trabajadoras socio-comunitarias en la sostenibilidad de la vida de sus territorios", de Facundo Urristy y David Luque. Licenciatura en Relaciones Laborales, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional del Nordeste, 2025. Es un estudio descriptivo de metodología cualitativa; lo que se cuenta acá proviene de un cuestionario estructurado respondido por una de las trabajadoras, en su rol de informante clave.